Observé durante largo rato mi desanimado rostro clavado al espejo, fastidiado e indeciso a causa de tan prolongada espera. Al pie de la cama yacían dos entradas para el anhelado concierto, una de ellas acababa de quedarse huérfana por los contratiempos de usar el transporte público en una ciudad que a duras penas camina. La tarde se escurría en la ventana y sentí preocupado acercarse la hora. Finalmente, motivado por las maravillas pregonadas del sitio, encaré la soledad sin aguardar más tiempo y me puse en marcha con objeto de comprobar si bien las remodelaciones habían dotado de belleza y vitalidad lo que meses atrás era ruina sobre escombro. El edificio relucía cual perla como imaginé, toda luz dispuesta en el techo bañaba radiante el recibo. Estaba cautivo en la fragancia seductora impregnada en cada instancia con ese olor envolvente similar al de los automóviles nuevos y algunas perfumerías, un vago aroma familiar que nunca pude reconocer del todo. ...
Volviendo lo raro en algo más extravagante.