Viajaba bastante incómodo en un vagón sin aire, los techos empañados con gotas del sudor condensado de los pasajeros colgaban como estalactitas y asqueaba hasta a los pobres vagabundos que se acomodaban como alfombras en las divisiones del vagón sobre el mugriento suelo. Entonces surgió un vendedor ambulante entre la multitud. Pero no cualquier vendedor. Este era uno especial, manejaba el mismo tonito atorrante y repetitivo con el que todos te venden sus golosinas, pero distinto; cada palabra que salía de sus torcidos dientes tenían el encanto de un ejecutivo en ventas de suplementos vitamínicos. Capturaban con habilidad y rapidez la desorbitada atención del resto, acostumbrados ya a escuchar los guiones de pobreza o convalecencia familiar que cada cierto tiempo se intercambian de una línea a otra en el metro. Quién hubiera pensado que de lo mundano surgiese semejante espíritu sensible y persuasivo. El hombre se abría paso entre el conglomerado dando tumbos, exhibiendo la mercancí...
Volviendo lo raro en algo más extravagante.