Érase una vez un joven e inexperto aspirante a brujo, que tras ajusticiar de forma equívoca a un inocente padre de familia, creyéndolo bajo diabólica posesión, fue exiliado a inhóspitas regiones hasta que fuera acogido por un pueblo en donde no temieran el terrible uso de la magia y las consecuencias de su insensatez. Cuando hubo llegado a un poblado remoto, de olor nauseabundo en sus estancias, sin ubicación en los mapas y en donde pareciera que el tiempo hubiera dejado de correr, un ánimo desmedido dominó su espíritu, pues el descubrimiento de un lugar inexplorado suponía siempre una amenaza por develar. El intrépido brujo tocó casa por casa buscando monstruos, y uno a uno los habitantes le fueron cerrando las puertas -¡Bárbaro, fuera de la aldea!- Le gritaban furiosos los aldeanos-. Mientras el joven obstinado recorría los nublados bosques y las sucias callejuelas sin pista alguna. Horas después, al borde de la resignación, avistó a lo lejos un curioso cementerio en e...
Volviendo lo raro en algo más extravagante.