Érase una vez un joven e inexperto aspirante a brujo, que tras ajusticiar de forma equívoca a un inocente padre de familia, creyéndolo bajo diabólica posesión, fue exiliado a inhóspitas regiones hasta que fuera acogido por un pueblo en donde no temieran el terrible uso de la magia y las consecuencias de su insensatez.
Cuando hubo llegado a un poblado remoto, de olor nauseabundo en sus estancias, sin ubicación en los mapas y en donde pareciera que el tiempo hubiera dejado de correr, un ánimo desmedido dominó su espíritu, pues el descubrimiento de un lugar inexplorado suponía siempre una amenaza por develar. El intrépido brujo tocó casa por casa buscando monstruos, y uno a uno los habitantes le fueron cerrando las puertas -¡Bárbaro, fuera de la aldea!- Le gritaban furiosos los aldeanos-. Mientras el joven obstinado recorría los nublados bosques y las sucias callejuelas sin pista alguna. Horas después, al borde de la resignación, avistó a lo lejos un curioso cementerio en el cual se hallaban las tumbas revueltas, como si acabaran de exhumar los cuerpos hacía horas. Un anciano pálido y demacrado le previno. —Largo de aquí, forastero. No correrán sino penas y desgracias por tu espada. Sólo yacen amigos y familiares en este lugar. Y hoy celebramos con ellos-. La voz espectral y la mirada vacía del anciano, mística y embustera, hizo vacilar al asiduo cazador que detectaba con su astucia la clara presencia de un aura lúgubre al servicio de un poderoso maleficio ignoto que creyó se cernía sobre el pueblo y sus residentes.
Pese a las reiteradas advertencias, el joven se rehusó a abandonar el sitio sin antes acabar con el encanto. Esperó paciente que el velo nocturno cubriera la espesa niebla, y tras socavar minuciosamente las resquebrajadas lápidas, aguardó entre el jardín aledaño al cementerio hasta atisbar un primer movimiento; pero nada ocurrió. Sólo el rumor de los árboles secos y el ulular de los búhos en la oscuridad se oyeron. Algún depredador reptando hacia su presa burlando la ineficiente vigilia del pobre idiota. De pronto, vio aproximarse hacia el pueblo un ejército de sombras arrastrarse sobre sus pasos, una detrás de la otra, como una horda endemoniada que asaltaban cada una de las casas las cuales parecían recibirles con las puertas abiertas. El brujo encendió una bola de fuego fatuo con un chasquido al cielo para descubrir el necrótico vulgo, desenvainó la espada y tan pronto alcanzó el pútrido enjambre, voló en grandes tajos brazos y piernas por los aires hasta dejar una pila descompuesta detrás, la cual no tardó en incendiarse luego con el fuego que descendía sin cuidado hasta desvanecerse al tocar el suelo.
Todos salieron horrorizados por la invasión. Unos presos de la histeria, otros sucumbían frágiles aferrándose a los llameantes y descuartizados cuerpos. El forastero miraba confuso a los aldeanos armar desesperados las cadavéricas y chamuscadas partes al regresar a sus casas con ellos como si nada, a reanudar la velada que tan violenta y prematuramente había sido interrumpida. Miró atónito los enervados ojos colmados de lágrimas acusar su alma al resguardarse, y vio en ellos la inconmensurable pérdida de un ser amado abrirse como una herida sangrante ante su desgraciado intento de heroísmo. Aquél brujo fracasado desistió al ser echado de la villa, y dejando atrás la espada y sus conjuros, con paso al alba, se le vio desaparecer por siempre.

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