
Cuando
estudiaba en el bachillerato no me imaginé nunca que me avocaría al
cine, en esa época tan turbulenta en la que se sufre tanto los cambios
uno tiende sin querer a rebelarse a toda autoridad, aunque algunas de
éstas sean las personas que te procuren lo mejor. Mientras me insistían a
que me dedicara a algo que no quería ser de adulto, una latente vena
literaria empezaba a surgir y de alguna manera me orientaría a ir hacia
donde tenía que llegar finalmente.
Mi nombre es Rodrigo, pero ustedes pueden
llamarme Al. Tengo veinte años y actualmente me estoy formando
como guionista.

Me crié entre muchos adultos que pasaban gran
parte del día ausentes, asunto que a mi beneficio, dejaba una casa
inmensa como patio de juego a merced de convertirla en una suerte de
mundo fantástico imaginario en donde la fauna se componía de un único
animal que fue la mascota que se crió conmigo, y sus habitantes, un
ejército de juguetes y algunas marionetas improvisadas con harapos
dispuestas a mi servicio. Así entonces cuan obra de teatro, cada mañana
que salían todos a sus respectivos trabajos o estudios se subía el telón
y convertía cada segmento de la casa en un pueblito en donde ocurrían
las historias más estrafalarias y espectaculares, y como todo mundo
fantástico, una vez que nos abrigaba la noche y se acercaba la hora en
la que todos volvían a casa, aquél mundo era resguardado de los simples
mortales para preservar sus maravillas.
Aunque fue poco lo que duró ese reinado tengo
que presumir lo glorioso que fue el castillo que me hice en mi balcón,
una fortaleza que se levantaba imponente con altos muros construidos a
base de los más exquisitos ejemplares de la literatura universal
extraídos directamente de las legendarias tierras de la biblioteca
familiar, que fueron durante mucho tiempo mi mejor defensa y mis
juguetes favoritos, incluso antes de que supiera cómo leer el texto que
acompañaba muchas de sus ilustraciones.

Viaje a la luna - Julio Verne.
Pero todo cambió cuando llegué a la tierna
edad de cuatro años y de manera tardía, fui despojado de mis tierras,
mis mini súbditos enjaulados en una cesta y mi bestia, única compañera
de aventuras, domesticada y desterrada al porche mientras yo era
arrastrado a una especie de prisión a la que llamaría preescolar y luego
escuela. Allí se encargarían de privarme las tardes de fantasía y se
entregarían a la obstinada labor de enviarme a casa durante muchos años
con un espantoso uniforme y una serie de trabajos forzados a los que
llamaban “Tareas” que no serían nada gratos hasta mucho tiempo después,
cuando comprendí lo necesario que era tal arrebato.
Aunque mi amor a la literatura no vendría sino
hasta comienzos de la secundaria o bachillerato, luego de haber quedado
fascinado por las maravillosas historias que me hipnotizaron durante
años entre viñetas de superhéroes y mandos de consola, fue que decidí
tomármelo en serio y optar por la prosa; Cerca de los doce o trece años
cuando le grité al mundo que quería escribir historias.
— ¡Chaaacho, pero cómo se te ocurre? La gente que estudia eso se muere de hambre ¿Oyó?. — Me decían.
— ¿De verdad? No vale, no pierdas tu tiempo, mejor estudia medicina o ingeniería que eso sí da plata — Me cansé de oír también.
Y así fueron atropellándome los días lo
suficiente para considerar un repertorio de carreras que no hacían más
que estancarme en una profunda indecisión.
Afortunadamente haría caso omiso y encontraría
desahogo a todas mis angustias en una página en blanco, en el que sin
necesidad de tener que volver a mis juguetes, podía conseguir la paz
recreando aquellas fantásticas travesías de descubrimiento e
investigación que tanto me entretenían, y que luego de haber tomado lo
mejor de mis nuevas aficiones como lo eran las películas, el comic y los
videojuegos, podía crear con mayor exaltación.
Luego mientras me dedicaba a escribir cuentos y
relatos que nadie leía, decidí dedicar la mitad de mi adolescencia a
campamentos, algunos pocos viajes y numerosas excursiones que se ceñían
ante el lema de perseguir la “Aventura”.

Armado así con un cuaderno, un bolígrafo y una
cámara digital en la mochila estuve numerosos fines de semana
dedicándome en compañía de amigos a perderme en las faldas del Ávila
recorriendo cada sábado una ruta distinta, buscando inspiración y
despertar ese sentimiento que me avivara el corazón otra vez explorando
algunas ruinas y mausoleos mientras registraba cada instante en video y
cada imprevisto en mi cuaderno a modo de bitácora.
Claro que cuando menos los videos que grababa
tenían un tratamiento cinematográfico, pero evidentemente había una
necesidad de explorar y de encontrarme en lo que hacía, más allá de
documentar mi búsqueda y mostrar algo más que la travesía, era hallar
aquello que fuera capaz de disparar mis emociones con algo que
disfrutara haciendo ¿Y no es eso por lo que vamos al cine a ver una
película o para lo que abrimos un buen libro, para perdernos en una
trepidante historia o en una búsqueda que nos embarque en todo un
carrusel emociones y experiencias sensoriales que nos remuevan las
ideas? Una imperante necesidad de descubrir algo fascinante en lugares
que nos son completamente desconocidos, y en un mundo en el que todo
pareciese haberse descubierto ya, que todavía persista la necesidad de
crear historias que nos muevan o que nos impulsen en nuestro quehacer
artístico a seguir expresando aquello para lo que el alma no encuentra
más remedio, vale la pena insistir.
Es entonces en la literatura y el cine en
donde encuentro yo el lugar más apacible para explorar lo desconocido y
lo que nos hace ser lo que somos. Es por eso que he decidido buscar
historias, y lo mejor que pude haber hecho, es haberme rebelado a
quienes me dijeron que no iba a vivir de esto.
Y todavía no vivo de esto, pero mantengo la certeza de que lo haré.
Id por la sombra, nos leeremos pronto.
Este post fue publicado por primera vez en mi perfil de Steemit, lugar en donde estaré publicando contenido con regularidad acerca de cine y literatura junto algunas cosas adicionales de este Blog.
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