Viajaba bastante incómodo
en un vagón sin aire, los techos empañados con gotas del sudor condensado de
los pasajeros colgaban como estalactitas y asqueaba hasta a los pobres
vagabundos que se acomodaban como alfombras en las divisiones del vagón sobre
el mugriento suelo. Entonces surgió un vendedor ambulante entre la multitud. Pero
no cualquier vendedor. Este era uno especial, manejaba el mismo tonito
atorrante y repetitivo con el que todos te venden sus golosinas, pero distinto;
cada palabra que salía de sus torcidos dientes tenían el encanto de un ejecutivo
en ventas de suplementos vitamínicos. Capturaban con habilidad y rapidez la
desorbitada atención del resto, acostumbrados ya a escuchar los guiones de
pobreza o convalecencia familiar que cada cierto tiempo se intercambian de una
línea a otra en el metro. Quién hubiera pensado que de lo mundano surgiese
semejante espíritu sensible y persuasivo. El hombre se abría paso entre el conglomerado
dando tumbos, exhibiendo la mercancía tan cerca del techo que parecía iba a
recoger las gotas de sudor con la caja. Los usuarios se hacían a un lado ante la presencia
del sujeto y se apartaban a su paso como despejase moisés el mar.
Se quedaron mudos cuando el
hombre se detuvo entre las puertas escondiendo su mercancía, cerciorándose de
que se cerraran bien y no lo mirase ningún policía rondando por ahí. Asegurado,
tras aclararse la garganta, comenzó a declamar a todo pulmón.
- —¡BUENAS FAMILIA, APROVECHA QUE VOY DE PASO Y NO REGRESO.
TRAIGO AQUÍ TU CHOCOLATE FAVORITO PARA QUE COMPARTAS Y DISFRUTES CON TU CHICO O
CHICA!
El hombre hizo una breve
pausa, y dirigiéndose a la primera parejita de liceístas camisita azul que vio,
le preguntó a la niña.
- —Epa mami ¿Este chamo es noviecito tuyo y tal?
Apenada, la niña sólo
sonrió y asintió con la cabeza.
- —¿Y estás enamoradita?
Su respuesta fue la misma.
- —BUENO CHAMITA, DÉJAME DECIRTE QUE SI ESTE MENOR TE
PROMETIÓ LA LUNA, ESA YA SE LA BAJÓ ROMEO A JULIETA HACE MÁS DE TRESCIENTOS
AÑOS. NO DEJES QUE TE CAIGAN A LABIA, CHAMITA. ¿TÚ ERES GAFO, LA VAS A DEJAR PASAR? –Dirigiéndose al niño que la acompañaba-.
El niño sonrió metiéndose
las manos en los bolsillos sin saber qué responder. Clavando su mirada en la
suciedad del piso para ignorar la dulce pero juiciosa mirada de la niña, que
parecía pedirle a gritos que le brindara un chocolate.
- —LAS PALABRAS SE LAS LLEVA EL VIENTO, PERO EL AMOR
VERDADERO ES PARA SIEMPRE MI GENTE. Y MOMENTOS COMO ESOS SON TAN DULCES COMO EL
CHOCOLATE Y TAN ÚNICOS COMO ESTA PROMOCIÓN. LLÉVASELO A LA QUE TALFI O A LA QUE
FRAO PARA QUE COMPARTA LA MÁGICA EXPERIENCIA DE LO BUENO QUE TE TIENE LA VIDA. UNO
EN TREINTA Y DOS POR CINCUENTA SOBERANOS.
Quedé atónito con el
lirismo que manejaba, qué poética tenían los versos que recitaba aquél
mercante. No tardaron en abalanzarse sobre el hombre, billetes en mano, ávidos
y fervorosos por saciar su repentino antojo ¿Y cómo no iba a ser? Si hasta un
pretendiente obstinado o la damisela más malhumorada, les hubiera resultado
inevitable sucumbir a los efectos de semejante labia.
La pareja de liceístas,
seducidos al fin por sus palabras, alcanzó a comprar un par de chocolates antes
de que una mano arrebatase veloz y fantasmal la billetera del niño de su
bolsillo trasero sin que se diera cuenta. Esa sonrisa rebosante de ternura y alegría no tiene precio. ¿Qué son cincuenta soberanos -Y una billetera-
comparados con un instante de felicidad y la dulzura del chocolate
derritiéndose en la boca del ser amado?
Los ojos del mercante
parecían extasiados, reía lunático, como si encontrara en la lluvia de billetes
un placer indescriptible. -Esas
guarapitas del fin de semana están aseguradas- Habrá pensado. Abríase paso
entre la eufórica multitud recogiendo en una bolsa sucia y rota de supermercado
el dinero como si fuera el diezmo de una iglesia, repartiendo los chocolates a
diestras y siniestras. Y cuando el tren se detuvo en la próxima estación y el
mercante advertía la aproximación de dos funcionarios de la guardia nacional
que caminaban por el andén, guardó en su mugriento bolsito tricolor la escasa
mercancía y, con una rapidez habilidosa, una vez el tren abría sus puertas,
habíase transformado en un pasajero como cualquier otro, dando empujones de
salida como un animal salvaje cuyo único propósito fuera el de igualar fuerzas
bestiales con los otros y lograr una momentánea dominación por el territorio que comprende el
pequeño marco de acceso al tren.
El vagón ahora daba más
que grima, y no creí que eso fuera posible. En el suelo reposaban un carnaval de
envolturas de toda chuchería, y si en principio la pegajosidad hacía difícil la
movilidad dentro del tren, lo que ahora se adhería a la suela de mis zapatos
era una sustancia de consistencia densa y aspecto vomitivo que se succionaba al
suelo tras cada paso.
De cualquier forma el
tren continuaba deslizándose en la oscuridad del túnel tan rápido como un
caracol aletargado, completamente indistinto al tema. En los rostros abatidos y huesudos ahora se mostraban
sonrisas y mejillas ruborizadas. Bocas embadurnadas de chocolate y, un ánimo
tremendo que sólo duró un par de estaciones más hasta que entró el siguiente
vendedor ambulante, esta vez ofreciendo chupetas en lugar de chocolates, con
mucho menos carisma y atractivo que el anterior.
Agradecido con @ef_fotografía por permitirme el uso de su fotografía para acompañar esta crónica.

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