Ir al contenido principal

Un poco de silencio, por favor | Relato




  Observé durante largo rato mi desanimado rostro clavado al espejo, fastidiado e indeciso a causa de tan prolongada espera. Al pie de la cama yacían dos entradas para el anhelado concierto, una de ellas acababa de quedarse huérfana por los contratiempos de usar el transporte público en una ciudad que a duras penas camina. La tarde se escurría en la ventana y sentí preocupado acercarse la hora. Finalmente, motivado por las maravillas pregonadas del sitio, encaré la soledad sin aguardar más tiempo y me puse en marcha con objeto de comprobar si bien las remodelaciones habían dotado de belleza y vitalidad lo que meses atrás era ruina sobre escombro.

   El edificio relucía cual perla como imaginé, toda luz dispuesta en el techo bañaba radiante el recibo. Estaba cautivo en la fragancia seductora impregnada en cada instancia con ese olor envolvente similar al de los automóviles nuevos y algunas perfumerías, un vago aroma familiar que nunca pude reconocer del todo. Un armonioso espectáculo de bellísimas formas cubrían el tapiz adornando las paredes con colores intensos danzando entre mándelas, era en realidad una arquitectura admirable. Ningún atisbo del decrépito espacio que alguna vez fuera había dejado rastro, incluso la gente lucía jovial y agradable. 

   Sin saber muy bien a dónde ir me escabullí junto al resto en la serpenteante escalera, supuse al continuar llegaría hasta el balcón superior en donde podría apreciar todo en lujo detalle.
Las luces se replegaron enseguida advirtiendo la apertura del concierto, silenciando en el acto la marea de murmullos. Una lámpara surgió desde el fondo irguiéndose cual faro, brillaba el plenilunio circundando en medio de las tablas en donde un recuadro de tarimas y un taburete esperaban a los jóvenes artistas. Voces comenzaban a impacientarse un poco en el suspenso pero disipáronse enseguida al ver salir a la estrella en compañía de un grupo de sopranos siguiéndole cabalmente los pasos, tras su entrada la audiencia estallando en ovaciones.

   Alzando el mástil y blandiendo el arco sobre el pronunciado cajón, el músico hizo templar en sus cuerdas una inaudita sonoridad suprimiendo de inmediato la pequeña oleada de susurros que se pretendía elevar de nuevo. Las melodías privaron de su aliento a la agitada audiencia, algunos derramaron lágrimas fingidas, en otros parecía generar una escandalosa gracia, si bien cruel, mucho más genuina. Aquél intérprete se desenvolvía con mucha destreza y soltura, tanta de hecho, para inspirar a todos a sacar de sus bolsillos sus móviles con sincronía casi militar, acaso por instinto u otra incomprensible necesidad de perpetuar en sus memorias el espectáculo y compartirlas al resto del mundo; con personas poco o nada interesadas en ello. Desde mi asiento sólo veía estorbar brillantes ventanitas retratando apenas una burda imitación del acontecer extendiéndose encima de cada butaca cual alumbrado público, desvaneciendo así de la íntima oscuridad la arrulladora atmósfera, arrebatando también de mi lugar la favorable vista resuelta tan confortable al llegar.



    Un segundo concierto sostenían quienes no reparaban en el mínimo silencio para comentar insensateces ajenas al espectáculo. Un infante, por ejemplo,  protestaba a su madre sin mucho éxito el enorme tedio de acompañarla en sus vacaciones a lugares aburridos a su juicio, en ese momento ansiaba esa fuerza sobrehumana que sacan de quién sabe dónde los prójimos para no atentar contra la fragilidad emocional de los carajitos insufribles. Los músicos se veían tan perdidos frente sus partituras como lo estaba yo entre el palabreo de la multitud. 

    Quise interrumpir a consideración del resto, no me había terminado de girar cuando por sorpresa terminaba la primera pieza y alguien me mandaba a callar. Era una tierna abuelita sentada enfrente, ocupada en asuntos mayores tal como lo era documentar en una sala penumbrosa, a cinco metros de distancia del coral, el video que enviaría presumiendo al club de ancianos descorteces sin oficio al cual debía pertenecer para demostrar cuán linda canta su nieta favorita; aún si ésta no se puede apreciar con claridad en la pantalla. Me di cuenta entonces que filmaba de cabeza y fijaba el objetivo en la niña equivocada, no tenía intención de hacérselo saber a riesgo de ganarme otra reprimenda. Se repetía cada dos o tres minutos a sí misma lo deleitados que quedarían ante su voz angelical, evidentemente era el audio y no el video su prioridad, aunque igual no se vaya escuchar una mierda.

   ¿Qué capricho les insta a susurrar mientras los coros cantan, a cotillear mientras la acción sucede? Cuando despeguen de su reflejo la visión encandilada el telón habrá caído y ni habrán visto ni me habrán permitido ver. Hacían las arrítmicas voces un ruido tormentoso, el llantén del infante inconsolable una constante irritación, eran los quejidos de los octogenarios, la falsa emoción, los malgastados palmoteos inquietos antes de terminar cada canción manteniéndome lejos de los músicos y más distante todavía del recital. El pulso frenético, la sangre hirviendo, las manos sudorosas, mi nuca recibiendo la asquerosa ventisca de algún pobre bastardo acatarrado, alimentaban una cólera ardorosa vacilante entre mi mal genio y una limitada compostura. Unos ancianos con párkinson incapaces de cesar los aplausos parecían burlarse de mí, al menos daban esa impresión, pues ante la gravedad de su ceguera identificar hacia dónde estaban viendo no era fácil. 


   Hora y medía insoportable transcurrió y no hice otra cosa que extender el cuello como si me fuera posible doblar su altura encima de sus corpulentos atravesados cuerpos, era más sencillo cruzar el Ávila andando en zancos me pareció. No precisaba si era mayor su indignación al intentar sobrepasarlos o al invitarles a guardar silencio.


    Acabado el concierto salí de la sala sofocado del vaho acalorado y sudoroso en el que se convirtió el recinto, tal vez un poco sordo, un tanto descontento y advirtiendo un posible resfriado en la semana entrante. El cinismo esbozaba en sus rostros una odiosa sonrisa desvergonzada, salieron enteros en formación estrechando las manos de cuanto músico aparecía, expresándoles fútiles y deshonestas impresiones con respecto a su reciente interpretación. Mi paciencia no aguantó mucho más sintiendo apremio en salir tan pronto como se abrieran las puertas, una última mirada entristecida despidiendo la hermosa estancia la cual continuaba espléndida. Dentro de ella la bola de soeces se agrupaban sobre los niños volviendo a guardar las apariencias, riéndose estruendosos tan llenos de gozo, ignorando que ciertamente son tan sólo un público espantoso.
 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Frankenstein: De la Literatura al Cine | Parte II

¿Sabías que de 93 películas del Monstruo, el aspecto que todos recordamos corresponde a solo una de ellas? Si has leído el libro sabrás de antemano que la descripción del monstruo que escribió Mary W. Shelley no se le parece a este ni de cerca. Aunque pocos conocen realmente el aspecto de la criatura, muchos saben cómo luce incluso sin haber leído el libro o de solamente haber visto un filme. Ese rostro ha estado con nosotros todo el tiempo y por más versiones que veamos, para todos el monstruo original será ese. Podrían describirlo fácilmente en unas pocas palabras al bastardo, bautizado de manera errónea con el apellido de su creador, asociado irremediablemente como el nombre de la criatura –Que nunca tuvo nombre- como un rezo, como una ley promulgada e irrebatible, malentendida, pero reconocible al fin. Fue probablemente de los primeros monstruos después del coco con los que pudiéramos habernos familiarizados durante nuestra niñez. ¿Quieres saber por qué, ...

Razones para escribir. Una no tan breve introducción

Cuando estudiaba en el bachillerato no me imaginé nunca que me avocaría al cine, en esa época tan turbulenta en la que se sufre tanto los cambios uno tiende sin querer a rebelarse a toda autoridad, aunque algunas de éstas sean las personas que te procuren lo mejor. Mientras me insistían a que me dedicara a algo que no quería ser de adulto, una latente vena literaria empezaba a surgir y de alguna manera me orientaría a ir hacia donde tenía que llegar finalmente. Mi nombre es Rodrigo , pero ustedes pueden llamarme Al . Tengo veinte años y actualmente me estoy formando como guionista. Me crié entre muchos adultos que pasaban gran parte del día ausentes, asunto que a mi beneficio, dejaba una casa inmensa como patio de juego a merced de convertirla en una suerte de mundo fantástico imaginario en donde la fauna se componía de un único animal que fue la mascota que se crió conmigo, y sus habitantes, un ejército de juguetes y algunas marionetas improvisadas c...

Reseña - Jessica Jones.

Netflix debutó a mediados del año pasado con uno de los personajes más olvidados en la última década de producciones de Marvel , la propuesta de llevar a la televisión a un héroe (O anti-héroe, según lo vean) Como lo fue Daredevil tras haber manchado su buen nombre con la cochina película que protagonizó Ben Affleck en el 2003, un movimiento astuto pues gracias a los esfuerzos de Netlfix pudimos ver una serie de gran calidad a la altura de las últimas películas de Marvel, Daredevil desde su presentación propuso altas expectativas que efectivamente cumplió , con una temática más adulta de lo que acostumbramos a ver en las películas recientes y un mundo como el de Daredevil, grisáceo e injusto concentrado en el pequeño y violento barrio de Hell's Kitchen. Ésta vez, Netflix lo ha vuelto a hacer renovando el planteamiento de Daredevil y nos mostró el mismo barrio que de por sí ya era todo lo que dije anteriormente, su faceta más oscura, incorrecta y frenética de lo que habíam...