
En septiembre del 2017 terminaban las vacaciones con el regreso a clases, unos tres extensos meses que no habían resultado para nada reparadores ni productivos. La primera mitad del año se esfumó como bomba lacrimógena en la marea de desidia y sangre que fueron las manifestaciones, y entre los constantes y burlescos aumentos salariales y la imperante propaganda populista promulgadora de ignorancia y desinformación habían dejado toda pizca de motivación al ras del suelo, no es para menos que el espíritu creativo estuviera tan abatido como el venezolano promedio.
El retorno a clases fue todo menos alentador, prueba de ello fueron las muestras académicas de dicho lapso, en las que se reflejó con claridad una tendencia hacia la decadencia y brillaron de manera sobresaliente algunos temas de crítica y de denuncia respecto a la situación del país, yo no tenía ni el menor ánimo para producir algo que concerniera al tema, estaba harto y desilusionado, tenía el pesar de usar el horrible transporte público todos los días, de lidiar con la superinflación, de no poder salir de mi casa a recrearme en algo tan simple como ir al cine por la falta de dinero, y debido a los constantes problemas con los cableados del internet que solían dejarme desconectado durante semanas o meses ni siquiera podía contemplar la idea de quedarme encerrado en casa.
Fue entonces cuando empecé a sentir lo que fueran los primeros síntomas de ansiedad. El no poder revisar mi correo cuando quisiera, o leer los mensajes de mis redes sociales, o perderme cualquier actualización de mis youtubers de preferencia despertaban en mi constantemente una intranquilidad que sólo lograba saciar cuando llegaba a algún lugar con wi-fi.
Era duro de admitir pero no podía negarlo más, la adicción al internet era un asunto serio, fue entonces cuando caí en cuenta de la cantidad de horas que pasaba conectado y lo de distante que empezaba a sentirme del mundo real con las demás personas, a pesar de estar interactuando con ellas todo el tiempo, era una suerte autómata mecanizado para cumplir quehaceres todos los días, y tras unos meses sin internet y de haber superado ligeramente la abstinencia, pude observar que no era yo sólo el del padecimiento.
Justo en ese momento de improductividad y desolación llegó un compañero con una idea que empalmaba a la perfección con el sentimiento que causaba mis males, como si me hubiera leído la mente, me pidió que le desarrollara un guión con un tema que criticara la absorción de la tecnología y sus terribles consecuencias en lo social y emocional. Y así fue.

No les hablaré mucho del rodaje, como toda producción audiovisual fue un vaivén de situaciones que meritaban constantemente ser resueltas con la mayor inmediatez posible, y en nuestro caso el ente que generaba mayor conflicto era la mismísima universidad, que se imponía ante nosotros con mil y pero's a la hora de prestarnos algún equipo, algunos muebles, algunas luces, algún atisbo de cooperación que nos facilitara terminar con nuestro trabajo para poder cumplir puntualmente con la asignación que se nos exigía.

Sin lugar a dudas yo no soy de esos guionistas que tras entregar el trabajo desaparecen sin más y le dejan a la productora toda responsabilidad de la realización de su obra, en absoluto. Yo soy más bien inquieto, a veces un poco intenso pero muy colaborador antes que otra cosa. Yo soy de los que se adentra en el set porque adoro la experiencia de realización en el campo tanto como adoro escribir historias, me emociona el ser partícipe en tiempo real de todo ese juego de roles y estrategia que supone el momento de grabación, y por supuesto, para cerciorarme de que se cumpla cabalmente la historia escrita.
Del talento actoral tengo que reconocer la paciencia y la dedicación que nos presentó nuestro protagonista, luego de pasar horas enteras repitiendo escenas entre basura y potentes luces que hacían correrle caudales de sudor, fue entre los integrantes de todo el crew el que nos brindó el constante optimismo para finalizar con la frente en alto la tarea y el que aún con su presencia tan silenciosa y reservada nos lograba sacar un par de sonrisas en los momentos en los que privaba el estrés por encima de todos nosotros.

Otra de las cosas que disfruté enormemente durante la producción de este cortometraje fue el hacer de narrador, que aunque no pretendía hacerlo en un principio, las cualidades de mi voz particularmente de frecuencia muy baja, hizo que el Director del corto me pidiera encarecidamente qu le brindara mi voz para ello.
Nunca antes había grabado en un estudio de audio, y a decir verdad tenía cero experiencia en el ámbito del doblaje, a pesar de ser uno de los oficios de los que más admiro y más respeto en cuanto al talento nacional.
Tuve mis tropiezos, sí, y aunque la voz en over no fue perfecta, todo el equipo quedó enteramente satisfecho con el trabajo realizado, y yo quedé tan encantado con el asunto del doblaje, que tan sólo unos quince días después comencé un taller de acento neutro y doblaje para medios audiovisuales a fin de realizar más doblajes en próximas producciones.
El cortometraje propiamente como lo habíamos planteado se distanció ligeramente del producto final, algunos contratiempos y desacuerdos nos valió una entrega tardía y un diseño sonoro que brilla por su ausencia, y sin embargo es imposible no emocionarse al ver el resultado final de un trabajo en conjunto en el que invertiste tanto tiempo y esfuerzo.
De los errores se aprende, y uno mete la pata en el barro mil veces antes de aprender a caminar sin ensuciarse los zapatos. Yo por mi parte me siento agradecido de haber tenido la oportunidad de participar en la realización de este corto y de que brindaran su confianza en mi para el desempeño de cada uno de los roles que asumí.
Sin nada más que agregar los dejo con el corto.
Id por la sombra, y que disfruten la función.
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